Viernes o sábado.
No lo sé.
Pero tú estabas en medio de toda esa multitud de suspiros impacientes por escapar de aquella calle interminable, cochambrosa, atestada y enteramente empapada
de personas inquietas con pasos estancados; manos y cinturas frecuentemente
intercambiadas cual índice mortal de posesión y desasosiego; miradas de empatía entre desconocidos aplastadas por la competición, el desamparo y la avaricia, como
si un paso en falso evidenciara morir.
Y sobre ese suelo pegajoso y nauseabundo impreso a dobles caras estabas tú, en aquella avenida y bienvenida a la desesperación, los pensamientos en vano y la incertidumbre apaleada.
Y sobre ese suelo pegajoso y nauseabundo impreso a dobles caras estabas tú, en aquella avenida y bienvenida a la desesperación, los pensamientos en vano y la incertidumbre apaleada.
Lo sé porque no me hizo falta rebuscar entre la porquería para encontrar tu polo azul marino, tu gorra descolocada y tus pantalones negros y brillantes por las rodillas bien reflejados en
el verde eléctrico de tus frágiles y baratas gafas de sol.
Lo sé porque, aun entre toda esta mierda y personas que escupen a voces cuerpos y mentes vacíos, siempre he conseguido encontrarte.
Siempre has conseguido encontrarme.
Lo sé porque, aun entre toda esta mierda y personas que escupen a voces cuerpos y mentes vacíos, siempre he conseguido encontrarte.
Siempre has conseguido encontrarme.
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