Te
fuiste como se va el día
cuando
ya no quedan más persianas por bajar,
con
el sol entre los dedos
y
la luna asomando por las rejillas
de
las ventanas
que
algún día dieron a tu habitación.
No
pensé que pudiera sentir soledad
en
un cuarto repleto de abrazos,
pero
la nostalgia es esa encimera vieja
de
la que nunca te consigues deshacer.
El
eco de los sollozos hacía retumbar las paredes
y
tus pupilas cansadas
eran
el centro de una diana
con
dardo directo a mi corazón.
No
fuimos lo suficientemente fuertes
como
para dejar de amarnos
mientras
las olas
desde
dentro
apagaban
cualquier intento
de
prender fuego al error.
Fue
entonces cuando entendí
que
la tristeza solo duele cuando se siente
y
qué sentir con el alma tan rota
si
no es el silencio
de
los cristales bailando
en
los recuerdos que perdí.
De
todas las formas en las que podrías haberte quedado,
decidiste
ser viento
para
descansar
en
los lugares que todavía huelen a ti.
A
veces suspiro y me parece respirarte,
pero
entonces recuerdo
que
la vida es solo un intento
de
seguir sonando
cuando
todo escuece.
Que
no necesito que nadie lo entienda,
pero
iluminas la piel
de
una persona
llena
de ausencia.