Ayer te vi. Otra vez.
Estabas radiante sonriendo desde aquel cielo color naranja. O como a mí me gusta llamarlo, color amanecer. Aquel amanecer que disfrutaste cientos de noche tirado a las tantas de la mañana en tu verde jardín. En tu verde esperanza.
Aún te veo, por suerte.
En lo alto de una montaña donde el viento golpea fuerte.
En la delicadeza de las nubes que poco a poco se desvanecen.
En la fragilidad del primer copo de nieve. Del primer invierno, sin ti.
Te veo en esa estrella brillante, pálida y preciosa, que se asoma cada noche por mi ventana y me besa despacio la frente.
Te veo en el agua del mar donde nos bañamos, transparente, esencial. Vacía. Pero sobre todo veo tu reflejo en ella. Veo cómo los rayos del sol traspasan hasta la más revolucionaria marea y se clavan al fondo, en la fina arena y en sus diminutos granos. Y veo que, en cierto modo, lo transparente puede llegar a ser dorado.
Te veo en la cima más alta y en el domingo más largo.
Te siento en una canción lenta de piano.
Cien películas patrocinadas por el roce de tus manos.
Cien conversaciones con la luna y la brisa cálida de una noche de verano.
Cada vez que las olas desaparecen entre las rocas,
inmunes,
te noto.
En la tranquilidad de un océano,
en su claridad,
y simultáneamente en su alboroto.
En la desesperación de alguien que ha tocado fondo
tras llevar todo rachas de tsunamis y terremotos.
Te veo,
desde entonces,
día a día.
En una fuerte leona arropando a su cría.
En el indefenso Bambi viendo cómo su madre moría.
Te veo en la inocencia. Te veo en la valentía.
Y me cambio de mundo cuando te siento en el aire que roza mi pelo,
el mismo aire que agita mis sábanas
vacías
de sentimientos,
con la delicadeza de una novia que suavemente aparta su velo.
En el qué esperar y en el aún espero,
te veo.
En el escalofrío que provoca el susurro de un te quiero,
me pierdo.
Como se pierden las lágrimas por las curvas de mi cuerpo.
Como sin permiso alguno, vienen y se apoderan de mi tiempo.
Te veo en la huella y en la ilusión de un niño que juega en la nieve.
Te veo en las hojas de un triste otoño que ya nadie quiere.
En el morado de un atardecer,
en la resaca de un día siguiente.
Te veo en el 2 de un dado que ya hace tiempo me condenó a la mala suerte.
Una canción de amor amañada por la promesa de un para siempre.
En las alas de un pájaro sin rumbo
y perdido,
en una madre preocupada por arropar a su hijo del frío.
Te veo en el aterrizaje de un beso,
en algo que a veces no tiene más nombre que "eso".
Te veo.
Te siento.
Te quiero.
Y me apuesto mil poemas
a que mañana te veré de nuevo.
No cerremos el libro:
que permanezca siempre abierto.