Yo era de esas.
Era de esas, de estas y de aquellas.
Era de idas,
de relojes parados.
Yo,
que era de billetes de metro desgastados,
de pelear contra las sábanas
y de descuartizar los clavos,
recoloqué los colores
y tapicé las ganas de seguir soñando.
Ahora cierro puertas
para abrir ventanas de par en par.
Vacío el estante para llenarlo de páginas aún sin acabar.
Yo me ahogaba en silencios de gomaespuma
por confundir oxígeno con nubes de silicona.
Yo,
que era más de tinta que de arreglos,
que abucheaba al acierto
y evitaba lo constante.
Yo,
como el gato loco disfrazado de inmortalidad relativa,
como tu historia escrita en siete vidas.
Yo,
que derramé el agua de todo vaso medio vacío.
Escapé de la trinchera
y me aficioné a los disparos con balas de realidad certera.
De velas consumidas,
de gritar respirando.
De esas era yo.
De las que envidiaba el destiempo
y la esperanza por fascículos amañados.
Yo,
que te perdía en la vulnerabilidad,
en las flores muertas de un jardín abandonado,
en las palabras retenidas por unos labios color granate mordisqueado,
suspendí el rodeo
y no me anduve más con catástrofes de ensueño.
Vendí mi ejército de predicciones
a cambio de un trébol esmeralda de terciopelo.
Yo,
que convertía en polvo la certeza
por miedo a dejar de buscarla.
Yo,
que era de nadar en mitad del desierto,
de salvar muertes en lugar de a personas,
de dar la espalda a la pared
y la cara a los poemas,
divisé el naufragio de tu risa
y sin prisa
arrojé las penas al mar.
Porque yo,
que me cuestionaba la relación entre amor y abstracto,
encontraba placer en lo absurdo
y contradicción en la felicidad,
volé de nuevo
como siempre
al recordar tus ganas de volar.
lunes, 23 de noviembre de 2015
jueves, 5 de noviembre de 2015
conspiración, pólvora y traición
Recuerdo tus poemas. Todos y cada uno de ellos. Los bonitos, los alegres, los tristes.
Yo empecé a escribir por ti. Te escribía para sentir que me sentías; te leía para aprender de nuevo lo que ya sabía de ti.
Me presento, soy Rebeca González. Y sigo viviendo en un mundo que come mierda y caga flores.
Y sigo viviendo.
Recuerdo lo mucho que te tranquilizaba escribir. Era cómo visualizar un suicidio y plasmarlo en vida y verso.
Ahora lo entiendo. Las cosas más bonitas se escriben sufriendo.
Después de paisajes y paisajes, intento desintoxicarme de cualquier Febrero y salvarte.
Créeme, este vacío he intentado llenarlo con música y poesía. Pero no, colega, tú tenías que escarbar del desfase, llenarme y llenarme.
Hasta que reventé.
Te he visto en cien letras apretujadas buscando gritar, y me he preguntado cómo lo hacías.
Mil veces.
Y en serio,
¿cómo lo hacías?
Eras como soñar despierto en una noche estrellada,
La tranquilidad que aporta el amanecer al comienzo de una resaca.
Resulta que la rutina aún se acordaba de ti. Hasta que un día, sigilosamente, caminando por la oscuridad, apareciste.
He soportado mil cuchillos para que hoy día 5 llegues.
Y acertaste de lleno.
Os cuento, yo no me enamoré. Yo no le llamé, no le busqué.
No me enamoré de sus ojos, ni de sus besos, ni de sus chistes. Yo no le llamé; tampoco él me avisó.
Me anteponía ante cualquiera sin que se lo pidiera. Me lo dio todo, me lo perdonó todo.
Yo no me enamoré, no.
Me enamoró.
Yo me perdía cada vez que él me encontraba. Llegaba a mis caderas y os juro que no tenía ni idea de dónde estaba.
Ya sabes cómo soy, que todo lo malo lo transformo en caótico. Pero estamos a Noviembre y la vida parece que sigue.
(Que no nos faltaron hojas en el calendario)
Quizá no me falte el brillo de tus ojos, ni las ganas. Quizá no me falte tu risa, ni el hecho de que me veas crecer.
Quizá me faltas tú. Con tus mierdas y tus flores.
Y os podría hablar de golpes. Sí, golpes. Un golpe de decepción bajo la mirada de un padre, un golpe de rabia contra una pared, un golpe de suerte en la ruleta.
Sobra decir que no me abandonaste, pero una parte de mí sí se mató de golpe.
Ahora sé que la felicidad puede ser la cosa más triste del mundo. Que la nostalgia me ama, y yo la quiero para mí.
La quiero porque la he cogido cariño. Y a lo turbio. Y a mis putas paredes.
La quiero porque me permite tenerte, porque revivir tu historia es lo único que me hace sentir viva.
Y duele.
Como no poder decirte al oído que estoy perdida, que me pierdes.
Mis miedos, mis fracasos, mis despistes, y tú.
Porque saborear esta putada, porque el darme contra el mismo muro, despertarme y comprobar que sigues sin estar,
porque echarte de menos,
es lo más puro y sincero que he visto en mucho tiempo.
Yo empecé a escribir por ti. Te escribía para sentir que me sentías; te leía para aprender de nuevo lo que ya sabía de ti.
Me presento, soy Rebeca González. Y sigo viviendo en un mundo que come mierda y caga flores.
Y sigo viviendo.
Recuerdo lo mucho que te tranquilizaba escribir. Era cómo visualizar un suicidio y plasmarlo en vida y verso.
Ahora lo entiendo. Las cosas más bonitas se escriben sufriendo.
Después de paisajes y paisajes, intento desintoxicarme de cualquier Febrero y salvarte.
Y recordar que te quiero.
Hasta que reventé.
Te he visto en cien letras apretujadas buscando gritar, y me he preguntado cómo lo hacías.
Mil veces.
Y en serio,
¿cómo lo hacías?
Eras como soñar despierto en una noche estrellada,
La tranquilidad que aporta el amanecer al comienzo de una resaca.
Resulta que la rutina aún se acordaba de ti. Hasta que un día, sigilosamente, caminando por la oscuridad, apareciste.
He soportado mil cuchillos para que hoy día 5 llegues.
Y acertaste de lleno.
Os cuento, yo no me enamoré. Yo no le llamé, no le busqué.
No me enamoré de sus ojos, ni de sus besos, ni de sus chistes. Yo no le llamé; tampoco él me avisó.
Me anteponía ante cualquiera sin que se lo pidiera. Me lo dio todo, me lo perdonó todo.
Yo no me enamoré, no.
Me enamoró.
Yo me perdía cada vez que él me encontraba. Llegaba a mis caderas y os juro que no tenía ni idea de dónde estaba.
Ya sabes cómo soy, que todo lo malo lo transformo en caótico. Pero estamos a Noviembre y la vida parece que sigue.
(Que no nos faltaron hojas en el calendario)
Quizá no me falte el brillo de tus ojos, ni las ganas. Quizá no me falte tu risa, ni el hecho de que me veas crecer.
Quizá me faltas tú. Con tus mierdas y tus flores.
Y os podría hablar de golpes. Sí, golpes. Un golpe de decepción bajo la mirada de un padre, un golpe de rabia contra una pared, un golpe de suerte en la ruleta.
Sobra decir que no me abandonaste, pero una parte de mí sí se mató de golpe.
Ahora sé que la felicidad puede ser la cosa más triste del mundo. Que la nostalgia me ama, y yo la quiero para mí.
La quiero porque la he cogido cariño. Y a lo turbio. Y a mis putas paredes.
La quiero porque me permite tenerte, porque revivir tu historia es lo único que me hace sentir viva.
Y duele.
Como no poder decirte al oído que estoy perdida, que me pierdes.
Mis miedos, mis fracasos, mis despistes, y tú.
Porque saborear esta putada, porque el darme contra el mismo muro, despertarme y comprobar que sigues sin estar,
porque echarte de menos,
es lo más puro y sincero que he visto en mucho tiempo.
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