jueves, 2 de junio de 2016

miércoles noche

En noches como las de hoy,
en las que te pienso tratando de no pensarte,
sonrío porque no hay palabra,
ni siquiera suspiro,
capaz de abrazar la parte de ti que más venero.

Acabo de posponer una lágrima
justo después de prometerme
una vez más
que la tristeza solo entristecería.

Pero también duele.

No sabes lo que jode imaginarme sin ti
después de haberte tenido,
ni sabes lo que escuece separarme de ti
sin haber renunciado a tus ojos.

Me compadezco de quienes relacionan felicidad y poesía
y lamento orientar mis poemas
y su magia
a la musa que guía mis sentidos y mi Nostalgia.

No encuentro mejor consuelo,
ni cura más eficiente,
que la de abrir una ventana
sin la necesidad de haber dado portazo antes.

Pero esta noche no lloraré por ti,
ni pediré perdón por echarte de menos.

Esta noche,
voy a permitir que conquistes la parte izquierda de mi pecho
y voy a dejar de alterar nuestros recuerdos
si ya de por sí se distorsionan.

Te espero en el punto exacto
en el que sé que aparecerás
para poder escribir sobre ti
sin la necesidad de haberte perdido.

Sabed que hay quienes no necesitan morir para estar muertos;
sabed que para vivir solo hace falta ser pensado y,
en consecuencia,
seguir vivo.

sábado, 16 de abril de 2016

piensa, respira, calma

Aparece de repente y te pide que respires, que pienses, que sientas.

Sé persona. Inocente, vulnerable, humana. De las que sufren y rompen; de las que lloran y añoran.

Te susurra calma sujetándote por las costillas; las agarra, las explora, juguetea y las deja, y sigue con tu vientre, tu espalda y tus caderas, recorriendo una por una tus entrañas como un leve cosquilleo que duele, que abrasa, que mata.

Observa tu garganta y la atraviesa, dejándote sin aliento, voz, alegría, robándote las ganas de gritar como si en eso, en el peor de los casos, fuera incluso posible.

Calma, repite con las palabras aún desgarradas. Piensa, respira. Calma.

Acaricia tus labios con los dedos de la mano que por las noches no te soltaba, y cuando aún duele, cuando aún sangran, los desampara, habiendo dibujado como si nada el contorno de la silueta que años atrás besaba.

Y sigue: Piensa, respira, calma.

Tropieza.

Se sitúa en la oreja izquierda como único principio del fin posible. Si no se roza no se siente; pero se siente y la roza. La retuerce a mordiscos y se desgasta hasta que tanto intento absurdo de escuchar de pronto cesa.

Todo cesa.

Silencio.

Tranquilidad.

Suficiente.

Basta.

Los recuerdos ya no suenan pero retumban, se agitan y repiten:

Piensa, respira, calma.

Cada vez más fuerte. Cada vez más alto.

Piensa, respira, calma.

Allí donde todos los sueños, deseos, incertidumbres y miedos descansan, allí y solamente allí, para. Aparece no tan de repente y tan solo para.

Para por favor, para.

Pero obviando el temblor de mis súplicas sigue, y allí donde todas las rabietas, las discusiones, los abrazos y las decepciones descansan, allí y solamente allí, para. Me mira directamente a las pupilas, se dilatan y me delatan.

Cada sensación injustificada, cada inspiración entrecortada, cada conversación sin acabar, estaba allí y solamente allí, en la mirada de un corazón que ahora late a contracorriente, con ganas de verte y con pocas de seguir.

Clava su mirada en la mía intentando adivinar qué está pasando.

Rodea, examina, tantea, hasta que abre la boca y

Piensa, respira…

Explota.



Calma.

sábado, 16 de enero de 2016

mi verde esperanza

Ayer te vi. Otra vez.
Estabas radiante sonriendo desde aquel cielo color naranja. O como a mí me gusta llamarlo, color amanecer. Aquel amanecer que disfrutaste cientos de noche tirado a las tantas de la mañana en tu verde jardín. En tu verde esperanza.

Aún te veo, por suerte.
En lo alto de una montaña donde el viento golpea fuerte.
En la delicadeza de las nubes que poco a poco se desvanecen.
En la fragilidad del primer copo de nieve. Del primer invierno, sin ti.

Te veo en esa estrella brillante, pálida y preciosa, que se asoma cada noche por mi ventana y me besa despacio la frente.
Te veo en el agua del mar donde nos bañamos, transparente, esencial. Vacía. Pero sobre todo veo tu reflejo en ella. Veo cómo los rayos del sol traspasan hasta la más revolucionaria marea y se clavan al fondo, en la fina arena y en sus diminutos granos. Y veo que, en cierto modo, lo transparente puede llegar a ser dorado.

Te veo en la cima más alta y en el domingo más largo.
Te siento en una canción lenta de piano.
   Cien películas patrocinadas por el roce de tus manos.
   Cien conversaciones con la luna y la brisa cálida de una noche de verano.

Cada vez que las olas desaparecen entre las rocas,
inmunes,
te noto.
En la tranquilidad de un océano,
en su claridad,
y simultáneamente en su alboroto.
En la desesperación de alguien que ha tocado fondo
tras llevar todo rachas de tsunamis y terremotos.

Te veo,
desde entonces,
día a día.
En una fuerte leona arropando a su cría.
En el indefenso Bambi viendo cómo su madre moría.
Te veo en la inocencia. Te veo en la valentía.
Y me cambio de mundo cuando te siento en el aire que roza mi pelo,
el mismo aire que agita mis sábanas
vacías
de sentimientos,
con la delicadeza de una novia que suavemente aparta su velo.

En el qué esperar y en el aún espero,
te veo.
En el escalofrío que provoca el susurro de un te quiero,
me pierdo.
Como se pierden las lágrimas por las curvas de mi cuerpo.
Como sin permiso alguno, vienen y se apoderan de mi tiempo.

Te veo en la huella y en la ilusión de un niño que juega en la nieve.
Te veo en las hojas de un triste otoño que ya nadie quiere.
En el morado de un atardecer,
en la resaca de un día siguiente.
Te veo en el 2 de un dado que ya hace tiempo me condenó a la mala suerte.
   Una canción de amor amañada por la promesa de un para siempre.

En las alas de un pájaro sin rumbo
y perdido,
en una madre preocupada por arropar a su hijo del frío.
Te veo en el aterrizaje de un beso,
en algo que a veces no tiene más nombre que "eso".
Te veo.
Te siento.
Te quiero.
Y me apuesto mil poemas
a que mañana te veré de nuevo.

No cerremos el libro:
que permanezca siempre abierto.