Sé persona. Inocente, vulnerable, humana. De las que sufren y rompen; de las que lloran y añoran.
Te susurra calma sujetándote por las costillas; las agarra, las explora, juguetea y las deja, y sigue con tu vientre, tu espalda y tus caderas, recorriendo una por una tus entrañas como un leve cosquilleo que duele, que abrasa, que mata.
Observa tu garganta y la atraviesa, dejándote sin aliento, voz, alegría, robándote las ganas de gritar como si en eso, en el peor de los casos, fuera incluso posible.
Calma, repite con las palabras aún desgarradas. Piensa, respira. Calma.
Acaricia tus labios con los dedos de la mano que por las noches no te soltaba, y cuando aún duele, cuando aún sangran, los desampara, habiendo dibujado como si nada el contorno de la silueta que años atrás besaba.
Y sigue: Piensa,
respira, calma.
Tropieza.
Se sitúa en la oreja izquierda como único principio del fin
posible. Si no se roza no se siente; pero se siente y la roza. La retuerce a
mordiscos y se desgasta hasta que tanto intento absurdo de escuchar de pronto cesa.
Todo cesa.
Silencio.
Tranquilidad.
Suficiente.
Basta.
Los recuerdos ya no suenan pero retumban, se agitan y
repiten:
Piensa, respira,
calma.
Cada vez más fuerte. Cada vez más alto.
Piensa, respira,
calma.
Allí donde todos los sueños,
deseos, incertidumbres y miedos descansan, allí y solamente allí, para. Aparece
no tan de repente y tan solo para.
Para por favor, para.
Pero obviando el temblor de mis súplicas
sigue, y allí donde todas las rabietas, las discusiones, los abrazos y las
decepciones descansan, allí y solamente allí, para. Me mira directamente a las
pupilas, se dilatan y me delatan.
Cada sensación injustificada, cada
inspiración entrecortada, cada conversación sin acabar, estaba allí y solamente
allí, en la mirada de un corazón que ahora late a contracorriente, con ganas de
verte y con pocas de seguir.
Clava su mirada en la mía
intentando adivinar qué está pasando.
Rodea, examina, tantea, hasta que
abre la boca y
Piensa, respira…
Explota.
Calma.