lunes, 2 de abril de 2018


Te fuiste como se va el día
cuando ya no quedan más persianas por bajar,
con el sol entre los dedos
y la luna asomando por las rejillas
de las ventanas
que algún día dieron a tu habitación.

No pensé que pudiera sentir soledad
en un cuarto repleto de abrazos,
pero la nostalgia es esa encimera vieja
de la que nunca te consigues deshacer.

El eco de los sollozos hacía retumbar las paredes
y tus pupilas cansadas
eran el centro de una diana
con dardo directo a mi corazón.

No fuimos lo suficientemente fuertes
como para dejar de amarnos
mientras las olas
desde dentro
apagaban cualquier intento
de prender fuego al error.

Fue entonces cuando entendí
que la tristeza solo duele cuando se siente
y qué sentir con el alma tan rota
si no es el silencio
de los cristales bailando
en los recuerdos que perdí.

De todas las formas en las que podrías haberte quedado,
decidiste ser viento
para descansar
en los lugares que todavía huelen a ti.

A veces suspiro y me parece respirarte,
pero entonces recuerdo
que la vida es solo un intento
de seguir sonando
cuando todo escuece.

Que no necesito que nadie lo entienda,
pero iluminas la piel
de una persona
llena de ausencia.

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