Pienso empapelar las calles de susurros
cada vez que se me venga tu nombre a la cabeza
y después,
como quien no quiere la cosa,
forraré cada obra de arte
con la tinta de tus ojos.
Me saltaré todos los semáforos en rojo
de esta rabiosa y melancólica ciudad
solo porque tú me enseñaste a ser
un ingenuo verde esperanza.
Ya no le permito a mis lágrimas preguntarse dónde estás,
no vaya a ser que entre tanto amor y poesía
estallemos a alcohol
y, de entre todas las tonterías,
decidamos pensar que dejaste de existir.
Joder,
este nudo en la garganta no es tristeza,
sino el rastro de felicidad que dejabas tras de ti.
Quiero que seas pasado en mi futuro
para seguir viéndote rimar con la misma sonrisa invernal
por la que nunca dejaría de reconocerte;
sentir que hemos vivido
y que te quiero como te quería
cuando empezaste a escocer.
Siempre has sido
y te ha encantado ser
el escalón superior de una fila de escalofríos
que nunca se cansará de incendiar.
No eres ausencia
ni soledad;
eres mi pulso en una pesadilla
recordando que eres real.
Un grito ahogado,
la asfixia del no acabar,
la imposibilidad de volar en una libertad ficticia
y el puto punto exacto en el que podríamos parar el mundo.
No pienso fingir que la inmortalidad no es relativa,
ni que un par de versos jamás durarán más que medio segundo
de suspiro;
que la poesía es lo que queda de una historia que no se
volverá a repetir
y que benditas las palabras
por mantenerte aquí
todos los puñeteros días.
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